miércoles, 8 de mayo de 2019

OTRO GRITO HACIA ROMA


Los niños ¡ay! como pajaritos de las nieves,

sobre los campos estériles

sobre el cemento de las ciudades,

al pie de las montañas y de los cuarteles,

bajo los cielos mueren…


Más de un millón de niños, cada noche

muere en los campos, en las calles,

sin que nadie,

-¡oh santo Padre de Roma!- sin que nadie

les tienda una mano, les ofrezca

un mendrugo de pan o un cacillo

de leche. Un millón de niños cada día

muere en Angola, en Sudán, en Etiopía,

en Perú, en Méjico o en la civilizada Europa.


En Europa también, Santo Padre de Roma,

mueren niños de hambre,

porque no hay para todos

ni pan, ni arroz, ni leche, ni unos pocos centavos,

para salvar a un niño que se muere de hambre

en el mundo, Santo Padre de Roma.


Prohibir el amor es pecado. Tan pecado

como tener hijos y que se nos mueran de hambre

en los brazos y que se nos caigan muertos,

como pajaritos de las nieves, como copos

de nieve oscura y silenciosa

hasta cubrir la tierra

de niños muertos. ¿Qué podemos hacer

Santo Padre de Roma, para que los niños

no se nos mueran de hambre,

sin pecar contra tus mandamientos,

oh Santo Padre de Roma,

que nos invitan a tener hijos para el cielo?


¿Hay cielo para los niños que se mueren de hambre,

Santo Padre de Roma?





Victoriano Crémer. La paloma coja. C.E. L. Y. A., 2002.

Imagen: James Nachtwey. Refugiados en la frontera de Serbia y Croacia, 2015.

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