sábado, 16 de enero de 2021

[Amables oyentes,]


 

Amables oyentes,

os voy a contar lo del Calvo,

que es un cuento gracioso.

 

Una vez le dijeron al Calvo

«Esclavo de la lengua, dinos

cómo es esto del mundo».

La siesta entraba por los ventanales

del Domingo a la fábrica,

y en la clara nave

zumbaban las moscas  gigantes

de las dínamos solas;

y el Calvo empezó: «Camaradas,

os voy a contar lo del ciego,

que es un cuento gracioso.

 

Una vez no sé quién a mi abuelo

le dijo «Ciego, Juan el ciego,

tú ¿qué has visto en tu vida?»

En la bodega merendaban

los compadres a escote chorizo,

y de los lagares

se sentía reír a los mostos

y embriagarse la tierra;

y empezó mi abuelo: «Compadres,

os voy a contar de una india,

que es un cuento gracioso.

 

Una vez a la india Zurita

le dijo el capataz «Tú, vieja,

dinos ya tu secreto».

A los peones nos traían mate

y ya estaban cerradas las reses;

sólo un largo viento,

que sobre él cabalgaba la noche,

de los pastos sonaba;

conque ella empezó: «Mis hijitos,

les voy a contar lo del fraile

que es un cuento gracioso.

 

Una vez dijo al fraile cabrío

mi tío el buen cacique: «Cuenta

lo que nadie entedemos».

Mi pueblo todo en la pradera

rodaba en torno a las ascuas;

y era yo una niña,

y el salto de Iquimbe lloraba

como un pájaro ciego;

y el fraile: «Amados en Cristo,

os voy a contar del hereje,

que es un cuento gracioso.

 

Una vez le dijeron a Roque Guinarde

«Eh diablo, eh rojo, eh tú, confiesa

de qué madre naciste».

La hoguera chisporroteaba

al lamerle los pies al bandido,

y en la enorme plaza

bajo el sol de justicia se oía

el hervor de la gente;

y el Roque empezó «Pueblo mío,

os voy a contar del banquero,

que es un cuento gracioso.

 

Una vez a un judío en la sierra

le dije «Hablad: si el habla es buena,

rescatáis el pellejo».

Entraba por la boca

de la cueva la noche estrellada;

sólo se sentía

a mis hombres ahítos de vino

que roncaban en torno;

conque él: «Gentilísimo huésped,

os voy a contar de mi madre,

que es un cuento gracioso.

 

Una vez a su padre de niña

le dijo: «Papo, dime cómo

se sostiene la tierra».

Tenía el viejo en sus rodillas

(y era bizco de un ojo) a la niña,

y en la dulce huerta

la polea del pozo chirriaba

arrastrando las horas;

y él habló: «Rutilé, niña mía,

te voy a contar del rabí,

que es un cuento gracioso.

 

Una vez al rabí moribundo

le preguntaban «Padre, dinos,

qué es lo que ves ahora».

La curandera restañaba

de su llaga la sangre violeta;

ya de todas partes

se sentía el rumor de las hordas

que asaltaban los muros;

y el viejo empezó: «Oh vencidos,

os voy a contar de la esclava,

que es un cuento gracioso.

 

Una vez en Sidón a la esclava

del dios le hablaron «Gran ramera,

cuenta ya tu mentira».

Los cien eunucos, las doscientas

concubinas yacían en torno,

y el dorado techo

con los ecos de estériles besos

y de erutos sonaba;

pero ella empezó: «Compañeras,

os voy a contar del pastor,

que es un cuento gracioso.

 

Una vez a mi padre en su choza

le dijo no sé quién «Pastor de cabras,

di cómo era la vida».

Se había ya ordeñado, y casi

de la tarde al morir desteñía

iris por los montes;

todavía en el techo de jaras

tintinaba la lluvia;

y empezó el pastor: «Pues, hermanos,

os voy a contar lo del pobre,

que es un cuento gracioso.

 

Una vez al mendigo de morros

de chivo le dijeron: «Dinos

lo que nunca nos dices».

Yo había a la ciudad bajado

a vender unos quesos y flautas,

y en la callejuela

sin salida cantaban los yunques,

golondrinas chillaban;

y el pobre empezó: «Pues, amigos,

os voy a contar lo del negro,

que es un cuento gracioso.

 

Una vez en la feria de esclavos

le hablé a un gigante negro: «Negro,

di qué es lo que eres».

Mugidos, ruedas y pregones

el mercado industrioso amasaba,

y zumbaba todo

como una colmena que abres

en la fuerza del día;

y el negro empezó. Pero, amigos,

aquel negro era mudo;

y se sonreía».

 

Esto, hermanos,

nos contaba el mendigo

del morro de chivo en aquella calleja;

y se sonreía»».

 

Así dijo,

compañeras, mi padre

el pastor en su choza a los otros pastores;

y se sonreía»»».

 

Tal contaba,

oh, vosotros, vencidos,

la ramera del templo tendida en su lecho;

y se sonreía»»»».

 

Sí, mi niña:

así habló el moribundo,

cuando casi las hordas tomaban la plaza;

y se sonreía»»»»».

 

Eso dijo,

gentil huésped, mi abuelo

en la huerta olvidada a mi madre peinándola;

y se sonreía»»»»»».

 

Esta, oh pueblo,

ésta era la historia

del rico judío en mi cueva estrellada;

y se sonreía»»»»»»».

 

Tal hablaba,

mis amados hermanos,

el demonio de Roque Guinarde en la hoguera;

y se sonreía»»»»»»»».

 

Así hablando,

engañaba a mi gente

de los llanos, hijitos, el fraile cabrío;

y se sonreía»»»»»»»»».

 

Este cuento

la india vieja, compadres,

le contó al peonaje, y fumaba con ellos,

y se sonreía»»»»»»»»»».

 

Esto era,

camaradas, aquello

que contaba en la dulce bodega mi abuelo,

y se sonreía»»»»»»»»»»».

 

Lo que dijo,

mis amables oyentes,

el Domingo en la fábrica el Calvo a los otros

(y se sonreía),

 

eso mismo

os lo cuento, entre tanto

que por fuera trajina el verano, y mi vida

va volviéndose cuento.

 

 

Agustín García Calvo. Canciones y soliloquios. Lucina, 1982.

Imagen: Lee Jeffries

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