Y en juguetes, parques, columpios,
tan solo veo sangre y escarcha.
Intento tejer mi mano en una rueca
que viene dejando rastrojos a miles de periplos
para no pisar un vertedero de grietas y usura.
Porque ahora todos somos un campo de pesticidas
donde se siembran personas para que brote
el mayor número de monedas.
Y yo también me rindo
ante el mar y ante la lluvia de alambre.
Y yo también me rindo
ante el peso que llevo a la espalda
por naufragar en medio de países cubiertos
por estercoleros y vómitos.
Y yo también me rindo
por ver unas grietas sujetar en nombre del mercado.
Ahora que
todo es podredumbre y nos dirigimos
en busca de la lápida
que nos ofrece el último plato
para escuchar a una orquesta con asientos vacíos.
Ahora que
nos educan para que nunca más miremos debajo de la cama.
Ahora que
todo es gente aniquilada por un pensamiento ceniza.
Ahora,
busco en algún cajón toda una memoria de ruina,
toda una memoria de sombra,
toda una memoria de grito
y lo único que encuentro es una memoria blanca,
una memoria quemada con fuego frígido
que sostiene el vértigo para que ardan todas las bocas del mundo.
Y tal vez, y aclaro, tal vez,
llegue el día en que la lluvia
seque el incendio de todas las maletas
donde lo único que permanece es el silencio y la mesura.
Y tal vez, insisto, y tal vez nada,
la lluvia de nuevo y tan solo la lluvia,
pueda sujetar esta, la maleta del paria.
Miguel Ángel Pozo. La lluvia que seremos. Mueve tu lengua, 2020.
Imagen: Elias Marcou. Incendio en el campo de refugiados de Moria, 2020.

No hay comentarios:
Publicar un comentario