No entiendo qué les pasa a los muertos
que no saben estarse muertos,
y gritan desde el hoyo
y no se quedan quietos en sus cunetas
y les da por señalar con el dedo
sin respeto alguno.
Es como si no asumieran el papel que les toca:
el muerto bastante tiene ya con ser un muerto.
Pues nada, que no quieren firmar el finiquito.
Supongo que lo hacen por esa maldad suya
o por aburrimiento
y por eso perturban el sueño de la buena gente
y lo revuelven todo, con lo limpio que lo habíamos dejado.
Odio esa estúpida manía persecutoria,
ese seguir a los vivos allí por donde vayan,
de la cama al trabajo,
del cuartel a la iglesia,
con su olor cadavérico y su aliento podrido,
bien pegaditos siempre,
que te para un amigo y en seguida sabe
que llevas varios muertos a la espalda,
que escondes muertos dentro del armario.
Qué pesados los muertos,
con su bala en la nuca y su llanto de barro,
con su cráneo partido y su rostro en cal viva.
Qué pesados los muertos.
Pues algo habrá que hacer con tanto muerto,
con todos esos muertos apilados,
las montañas de muertos que aún invaden
las casas de aquellos que no tienen
la conciencia tranquila.
Luis Javier Pinar. En Voces del Extremo: Poesía y Memoria. Burgos – Gamonal. VV. AA. Coordinación: Amalia García Fuertes y Conrado Santamaría Bastida. Ediciones Cimarrón, 2026.
Imagen: Edgar Ende. Lazarus Wartet, s/d.

No hay comentarios:
Publicar un comentario