sábado, 19 de julio de 2014

Canción de cuna IV



Hijo mío, poco importa lo que llegues a ser,

los palos contra ti ya los tienes preparados.

Porque a ti, hijo mío, en este mundo

sólo te espera el basural, y ya está ocupado.


Hijo mío, escucha lo que tu madre te dice:

A ti te espera una vida peor que la peste.

Pero yo no te he llevado tanto tiempo dentro mío

para que lo soportes todo tranquilamente.


Lo que no tienes, no lo des por perdido.

Lo que no te den, consíguelo cueste lo que cueste.

Yo, tu madre, no te he parido

para que de noche duermas bajo los puentes.


Quizás no estés hecho de una pasta especial.

No tengo dinero para ti, ni te dediqué oraciones.

Mi confianza eres tú mismo, y espero no verte mal,

pidiendo en la oficina pública mientras tu vida se hace jirones.


Las noches en las que sin cerrar los ojos me acuesto a tu lado

y mi mano hacia tu pequeño puño se estira,

pienso en las guerras que contigo ya tienen planeadas.

¿Qué tengo que hacer para que no creas sus sucias mentiras?


Hijo mío, tu madre nunca te ha engañado,

haciéndote creer que eres diferente.

Te crio con mil sacrificios, y no para verte colgado

de una alambrada de púas gritando por agua, casi inconsciente.


Por eso, únete a los tuyos, hijo mío,

juntos hagan polvo sus dementes sueños de poder.

Tú y yo, y aquellos que son como nosotros,

tenemos que lograr de una vez por todas

que no haya en el mundo dos clases de personas.




Bertolt Brecht. 80 poemas y canciones. Traducción, Jorge Hacker. Adriana Hidalgo Editora, 2011.

Imagen: Lorenzo Viani. La viuda, 1920-21.

miércoles, 16 de julio de 2014

La ciudad



Dijiste: “Buscaré otra tierra, buscaré otro mar.

Otra ciudad se encontrará mejor que esta.

Todo esfuerzo mío es una condena escrita,

y está mi corazón -como un muerto- enterrado.

Mi razón hasta cuándo en este marasmo vivirá.

Donde vuelva la vista, donde quiera que mire

negros escombros de mi vida veo aquí,

donde tantos años he pasado y arruinado y perdido”.


Lugares nuevos no hallarás, no hallarás otros mares.

La ciudad te acompañará. Por sus calles andarás,

las mismas. Y en los mismos barrios te harás viejo

y en estas mismas casas te saldrán las canas.

Siempre en esta ciudad acabarás. Para otras partes -no esperes-

no hay barco para ti, no hay camino.

Así como tu vida has arruinado aquí

en este pequeño rincón, en toda la tierra la has perdido.




Constantino Cavafis. Traducción Conrado Santamaría.

Imagen: Henri Cartier-Bresson. Downtown, Nueva York, 1947.

martes, 15 de julio de 2014

[¿para qué tú?]



¿para qué tú?

preguntas para el barro

cabeza de barro piel de barro

música de no cuerpo de no


entro en mí y hay esto:

¿para qué tú?


es este cuerpo un campo de nunca

carne o sombra o luz


suena un silbido sin señales:

¿para qué tú?


trozos de sangre entre la hierba

¿qué edad qué tiempo qué qué

tuercen una felicidad de dedos?


luz para nadie:

¿para qué tú?




Bruno Marcos. Serás para nunca. En Diez nuevas voces de la poesía leonesa. Edilesa, 2007.
Imagen: Chris Killip. Helen y su hula-hoop, 1984.

lunes, 14 de julio de 2014

La historia de la mujer del pituco



Me casé con un

pituco, y

me fui convirtiendo

en un florero vacío.

En la cadena del perro.


Cada vez te pareces más

a ese tío

del periódico,

con su cara

de convenio

y democracia,

con sus ladridos menudos

de chiguagua sin lacitos.


Pero yo te miro

por dentro,

como una sandía

hueca,

como un globo

con cara

de hombre.

Como un hombre

chiquitito y escaso,

débil como el color

del agua y

triste como una madre

muerta.


Yo paseo por tus adentros

y te veo todo

tripas,

embotado en tripas,

kilómetros de tripas

podridas

como mentiras de adulto.


Tu frío me amputa

los sentimientos

y me deja como aquella mujer

que se convirtió

en estatua

de sal

porque su hombre

miró

hacia

atrás.




Eva Vaz. La otra mujer. Celya, 2003.

Imagen: Birgit Jürgenssen. Sin título, 1979.