sábado, 24 de septiembre de 2022

MAÑANA, ME DECÍAN


 

No podía ser niño en el pupitre

inhóspito, llamaba a alguien,

me miraba las manos, iba

parpadeantemente emborronando

las letras y los números, hendía

el sustantivo mapa carcelario.

 

Mañana, me decían. Pero

la deserción del tiempo, aquel estrado

limítrofe del mundo, aquella

disciplinaria división del odio,

me trababan la infancia para nunca.

 

Cuerpo sin ojos, ¿dónde

estaré mañana, con qué nudos

de sábados en sombra amarrarán

mi sueño, entre qué cuatro

indómitas paredes

irá mi libertad entumeciéndose?

 

Los cautelosos plátanos, la inmóvil

vendedora de estampas, el guardián

de los jueves, la flora combativa

como emblema, ¿siguen siendo mañana?

 

Oh injusto ayer entre inocentes

veredictos, fervor

de lo temprano junto al miedo

tardío de vivir, chorro de sed

de las aceñas clandestinas, calle

del Láudano que abría

sus ululantes puertas de prostíbulos

contra el mundo primero.

                                               ¿Qué

me querías tú, luna

lluviosa, airada piedra

de la tarde, descoyuntado círculo

del tiempo? ¿Qué me querías,

dime, mísera prefectura

de los libros desérticos, tapial

de coros y de láminas,

vespertinas maderas

de vigilancia y oración?

 

No podía ser niño en los escaños

hostiles, entre el terco

desdén de las empalizadas, junto

al silbo imperioso, bajo el látigo

del estupor y de las letanías.

 

Mañana, me gritaban. Pero

¿dónde estaré mañana, que será

de mi tiempo, de qué van a servirme

tantos días sin mí? ¿Es necesario

el mundo, soy necesario yo,

me hago falta a mí mismo?

 

Crédula infancia sola entre respuestas

sin preguntas, déjame ser

equivocadamente el responsable

de mi quieta impaciencia de vivir.

 

 

José Manuel Caballero Bonald. Las horas muertas, 1959. En Somos el tiempo que nos queda. Obra poética completa 1952-2009. Austral, 2011.

Imagen: W. Eugene Smith, 1950.

5 comentarios:

  1. Me gusta mucho cómo escribe. Pero aquí tienes,
    sin toque literario, una versión profana de lo mismo :

    Hay quienes no tienen tiempo ni tranquilidad para hecerse mayores.
    Lo malo o lo bueno de los recuerdos de la infancia es que las imágenes son en diferido.

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    1. Las imágenes son en diferido, pero el robo del presente de la infancia fue real y muy doloroso. Injusticia de haber sido privado de su niñez, de su vida espontánea (escuela, cárcel, látigo, oraciones) en nombre de un futuro incierto que nunca le iba quitar esa amargura y ese miedo inculcado a vivir. Salud!

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  2. El pasado nunca pasa
    (hay un libro que se titula así)
    cristaliza

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  3. No se entiende ningún presente
    sin que contenga al pasado

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    1. Quienes olvidan el pasado se condenan a vivir siempre en él. Salud!

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